miércoles, 7 de febrero de 2018

ASÍ NO, GRACIAS

   

     Me descubro a mí misma recordando otra vez a quienes me trajeron al punto en que ahora estoy. Aparte de lo que pudiera tener por instinto y nacimiento, el amor a la naturaleza me lo fueron transmitiendo personas sin apenas estudios, dedicadas muchas a profesiones que cualquier animalista de pro consideraría explotadoras: Un marroquinero, un pastor, un herrador y ganadero y ya más adelante, el conductor de un espectáculo con aves. Sin embargo, estoy segura que ninguno de estos hombres enfrentaría a ningún defensor de los derechos animales con la violencia y la obcecación con que he visto conducirse a quienes hoy podrían parecer mis aliados.

     Pocos de mis conocidos sabrían de la profesión de mis ancestros si yo no lo contara y, sin embargo, es precisamente por ellos, por su forma de hacer, de ser y de estar en el mundo, que yo me planteé mis primeras cuestiones. El abuelo pastor, ya retirado, contándome del imponente quebrantahuesos vigilando en los riscos, de la loba corriendo por las peñas, de porqué la res muerta debía dejarse a los buitres, para que comieran y pudieran seguir limpiando el campo... Eran narraciones humildes, sin pretensión científica, cuentos de abuelo emocionado en los recuerdos, animándonos a aprender mejor que él y en los que no cabía el odio, sino la fascinación y el respeto. Luego estaban los recortables de cartón y la colección de animales de los chicles y, más tarde, las miniaturas a escala compradas en el puesto de La Corredera Baja. Con algunos ha llegado a jugar mi hijo y ahora duermen en una caja esperando otras manos.

     El tío herrador se sabía los dolores de todas las bestias de la comarca, ayudaba a un mal parto de una yegua o de una vaca, porque muchos paisanos confiaban más en su saber hacer que en el veterinario novato y hasta éste lo llamaba alguna noche para ayudar sacar a todos los cerditos de una camada demasiado numerosa. Pero también, no voy a ocultarlo, cuando llegaba el tiempo de la matanza, él era quien sabía resolver rápido, con sufrimiento mínimo y tino preciso. Decía que no había que ensañarse ni quitarle dignidad al ser que tanto y tan bien iba a servirnos que, al contrario, deberíamos honrarlo en su descendencia.

     Con papá aprendí a distinguir las especies por el tacto, por el grosor de la piel, a saber si la res había sido malherida o bien alimentada y hasta a aproximar la edad.Todo dejaba huellas que condicionaban su trabajo con ella. Me decía que,  si hacía bien su parte, se les daba una segunda vida. Prosaico, pero aunque  creamos que fuera por interés material, aquellos hombres querían que los animales viviesen dignamente y se ocupaban en ello a su manera.

     También,  algunas de esas mismas personas, se pasaron tardes completas acuclillados junto a mí en un cauce, mostrándome cómo la libélula sale de su carcasa en la última fase de desarrollo, cómo extiende sus alas para que sequen antes de poder emprender el vuelo. Esperaban conmigo a que todo sucediera. Dedicaron su tiempo nocturno para hacerle un "hospital" al caracol con la concha chafada que había recogido volviendo de la escuela o saludaron conmigo el vuelo de los gorriones rescatados de una mala pedrada infantil.

     No me dejaban tener mascotas porque vivíamos en un piso pequeño "que no es lugar para otro animal que las moscas que entren por la ventana y vayan de paso", pero algunos veranos podía echar carreras con Señorini, la perruca que el tío tenía en el pueblo. Y fue ese mismo tío, el primer hombre adulto que ví llorar cuando su burra murió en el parto y no pudo ayudarla.

     Ahora son otros tiempos. Escucho alrededor argumentos contundentes y severos en defensa de la dignidad animal, arrebatados discursos y truculentas acciones para poner de relieve cuanto hacemos mal, que es demasiado. Desde aquellos parientes hemos aprendido y evolucionado, sin duda mucho de entonces merece ser repensado, pero ¿Pensamos?

     ¿A qué nos referimos cada uno de nosotros al hablar de dignidad animal? ¿Qué utilizaciones son legítimas y cuales no? Cada cual tiene sus propios estándares y, junto a los males evidentes, se añaden aspectos extremadamente opinables. Así las cosas, quizá deberíamos aparcar un poco el sectarismo para volver a reflexionar. Ni todos cuantos trabajan con animales o se sirven de ellos son mis enemigos, ni agrediendo a un ser humano hago otra cosa menos deleznable que agredir a un animal.

     Ni mi abuelo, ni mi tio abuelo, ni mi padre habrían sido capaces de pedir la muerte violenta, el destripamiento, la cadena perpetua o cualquiera de cuantas atrocidades sí  reclaman para ellos en frío, a bote pronto, algunos de los pretendidos animalistas.

     Sentirse en posesión de una verdad que solo uno mismo certifica, insultar o anteponer un derecho a otro por propia comodidad emocional no es constructivo y no sirve al sujeto último de la pretendida lucha, sino al ego privado, personal e intransferible.

     Recoger un cadáver de un contenedor -suponiendo ciertos los orígenes que indican los manifestantes, aunque me cueste creerlos-  y exhibirlo por las calles es dignidad, colocar disfraces y vestidos para llevar en procesión es dignidad, hacer vivir en un hogar humano con colchones y vestidores a una cerda de 100 kg. es dignidad. Llevar un gato en un bolso por Madrid o Bilbao es superdigno. No lo es alojar en un zoológico- No importa cual- un espécimen amenazado de extinción, ni tener trotando en una finca a esa misma cerda si está destinada a cubrir la demanda protéica de una familia. Me cuesta verlo, lo siento.

     Puedo estar- y lo estoy-por la racionalización del consumo en las sociedades ricas, puedo estar- y en ello ando- por el mercado de proximidad, por el progresivo abandono de lo superfluo, pero no puedo sentir cercanía por esos veganos que enfocan como religión lo que es su opción individual, llamada no a salvar el mundo, como alguno aduce- ¿No es pretencioso?- sino a salvar su propia conciencia, con una falta de consistencia argumental demasiado grave para que me  la tome en serio.

     Aunque los humanos occidentales nos empeñemos en no comerlos, resulta que hay poblaciones cuyo casi único sustento son los animale. Existen personas- demasiadas- que no pueden elegir lo que comen ellos y sus hijos. Aunque nos empeñemos en no verlo, la única posibilidad de que ciertas especies lleguen a ser vistas por nuestros nietos pasa por alojar algunos ejemplares bajo control y trabajar al respecto y la única forma de que sepamos cómo hacer ese trabajo pasa por ocupar parte de su espacio actual para estudiarlos. No cabe la no intervención, porque intervinimos en otros aspectos y dejamos huellas.
Enfrentar sin matiz ni distinciones cuantas prácticas rocen al reino animal y nos desagraden a nosotros no es el camino para el equilibrio.

     No me digan que un inuit,  un turkana o un himba deben sentirse culpables cada vez que dan de comer a sus familias, que un tuareg debe sentirse en pecado al montar su dromedario ni el ewenki debería avergonzarse por pastorear sus renos. Los occidentales, que no el ser humano en su totalidad, estamos haciendo mucho daño al planeta con nuestros modelos de consumo, ciertísimo. Podríamos y deberíamos consumir menos animales, cierto también, pero no me cuenten que la muerte directa, porque les miran a los ojos y les dan penita, es menos muerte y menos inducida por nosotros que la totalidad de las que llegan a producirse por los desequilibrios que sumados a los que ya generamos provocaríamos si- guiados por la ley del péndulo-nos colocáramos en el extremo contrario.

     El capitalismo consumista, igual que nos vendía la excelencia de carnes y pescados como signo de estatus, nos inunda hoy de productos eco y bio y convierte en tendencia lo que  seguramente empezó siendo una opción ética de excelente intención, pero que está empezando a ser otra cosa bastante menos recomendable, especialmente cuando se emplea para agredir, denostar o plantear el supremacismo vegano sobre el resto de pobres humanos que ni hemos visto su luz ni tenemos intelecto para llegar a verla.

     Muchas de las opciones alimentarias y vitales pasan por el consumo de vegetales que no son ubicuos, es decir, no podrían producirse y conseguirse en todas partes sin generar con ello costes energéticos, transporte, modificaciones de suelos, conversión al cultivo de nuevas tierras... No niego el exceso actual - que creo debemos refrenar drásticamente- Ni me estoy refiriendo tampoco a los fraudes sanitarios, la explotación laboral y los carnificios de todo tenor para deleite de unos pocos. Todo ello entra o debe entrar en el campo del delito execrable. Planteo que cualquier exceso en cualquiera que sea la dirección, acabará siendo igualmente dañino.

     Una piel sintética, por ejemplo, supone una industrialización que cambiaría de lugar el problema, pero que si no se racionaliza la demanda no impedirá muertes, aunque no las vean nuestros ojitos, además genera residuos-otros residuos- y requiere espacios y sustancias para producirla. El impermeable plástico que le colocan a sus perros quienes tanto los aman, aparte de su más que dudosa necesidad,  no dejará de ser un plástico que tarde décadas en degradarse; cubrir todas las necesidades de tejidos vegetales para no vestirse con lana o seda,  requerirá muchas hectáreas nuevas de cultivos de lino, algodón, cáñamo o cualesquiera otras fibras  y como éstas, muchas opciones no animales que deberían ser planteadas a gran escala para atender al total de la demanda mundial. El asunto es menos reduccionista, menos simple y, sobre todo, aunque a muchos sorprenda o incomode el adjetivo, menos clasista de lo que propone la pretendida nueva opción.

   Mis reflexiones son solo mías, aunque a veces las escribo por si alguien más está dispuesto a darle unas vueltas al asunto o comparte las suyas conmigo, pero por favor, sin hacerse trampas. Os aseguro que muchas de esas cosas que pretendéis contarme y otras que desconocéis (y que os pondrían los pelos de punta) las he vivido de primera mano tanto cuando estudiaba como en mi labor profesional, pero me consta que otras son solo sesgo y mala intención y por ellas no paso.


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