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jueves, 16 de enero de 2014

Tú y yo

Mi amor por ti no es amor, no es respeto, se trata de uso. Te uso para sentirme buena, para saber que soy capaz de desvelarme por otro que no sea yo misma, para pensar que alguien me necesita, para distraer mis horas más bajas y aparcarte en las altas porque sé que tú seguirás ahí cuando regrese de ellas… ¿Seguirás?... Si todo continúa su curso sin accidentes, un mal día no seguirás, tu ciclo habrá terminado y no sabré qué hacer con mi vida sin tenerte en ella, así que seguramente saldré a buscar consuelo tomando en un refugio, en un comercio o en casa de un conocido a otra mascota tan irreemplazable como tú a la que ni amaré, ni respetaré, a la que usaré para sentirme buena, para saber que soy capaz de desvelarme por otro que no sea yo misma, para pensar que alguien me necesita, para distraer mis horas más bajas y aparcarlo en las altas porque sabré que seguirá ahí cuando regrese de ellas hasta que un día, si todo sigue su curso sin accidentes, su ciclo haya terminado y entonces, quizá salga a buscar otra mascota irreemplazable.Amen.

lunes, 4 de noviembre de 2013

¡Cuánto me quiero en ti!

¿Cuántas personas dicen, o decimos, amar profundamente a los animales? Pocas son absolutamente honestas en la afirmación. La mayoría de nosotros esgrimimos el que llamamos amor de formas que muy poco tienen que ver con un sentimiento altruista , aunque lo practiquemos en asociaciones y entidades de recuperación, de rescate, de acogida, aunque nos adhiramos a mil campañas de concienciación. La puñetera realidad es que hacemos de esos animales un vehículo que nos permite querernos a nosotros mismos en una nueva forma, dormir bien por la noche y sentirnos estupendos porque hemos recogido una tórtola herida en el jardín, o un gatito del contenedor de la esquina...

De todos nosotros, pocos hacemos un examen profundo de conciencia, pocos nos asumimos en este aspecto de sofisticado egoísmo que, sí, es cierto, a veces tiene buenos resultados, pero que con frecuencia lo tiene a pesar de y no a causa de.

El acto en sí mismo puede tener mucho de bienintencionado, pero la mayoria de nosotros ha cedido realmente a ese sentimiento de compasión que duele en la boca del estómago y muy pocas veces ha optado por la reflexión de qué era lo mejor, objetivamente mejor, para ese animal. He visto tantas veces a tantas personas de mi estima diciendo aquello de "Es que si no está conmigo..." o aquello otro de "Si supieras la cantidad de cosas que he tenido que hacer , pobrecito".

No voy a dar lecciones de nada. Pasaron muchos años antes de que yo misma me asumiera y entendiera cuantos de mis actos eran una forma elaborada y no advertida de afirmación personal.  Y es que sienta  muy bien jugar a heroína.  No pretendo que lo reconozcáis públicamente, pero me gustaría pensar que reflexionáis al respecto. Yo procuro hacerlo cada vez y suele funcionar.

¿Qué tipo de evaluación hacemos para decidir introducirnos en la vida de un animal? Me inquietan mucho esas personas que, por ejemplo, hacen campañas radicales a favor de la adopción y acaparan en casa varios desdichados a los que, claro está, ofrecen lo mejor. No es extraño que cuando se acude a una de esas casas uno encuentre que esa excelencia no es tal, o cuando menos no lo es, entendido al modo animal.

Recuerdo hace unos años un pretendido paseo por el bosque con una amiga rescatadora y su último pupilo, uno de esos lebreles abandonados cruelmente por no ser apto para la caza y bla, bla, bla. Cierto. Cada temporada se reproducen estos hechos con vergonzosa frecuencia y también yo deseo con toda mi alma que las leyes se endurezcan y se apliquen sin contemplaciones contra estos desalmados, pero no era esta la cuestión. Ya tengo asumido que estos sujetos ni dudan, ni se autoevalúan, ni pueden mejorar fácilmente. Mi relato se refiere a mi amiga, a su perro y a mí. La mañana había amanecido lluviosa, así que ella, ni corta ni perezosa,colocó al perro un complicado  impermeable color pistacho con corchetes en forma de hueso. No entendió mi horror, ni supo ver que la postura corporal del can denotaba todo menos complacencia. A continuación, con la misma amorosa dedicación le colocó unas botitas en las patas y le plantó un par de sonoros besos en el hocico.

Cuando le dije que yo no salía  con ellos de tal guisa se sintió desconcertada. Sugerí que dejase aquellos trastos, que esperásemos a que escampara, pero respondió "Es su hora de salir, si no se desorienta ya para todo el día" con lo que todavía acrecentó mi horror. Estoy segura de que algún lector estará en el lado de mi amiga y seguirá sin entenderme, pero aún así expongo mi punto de vista, mi desolación. ¿Hasta qué extremo hemos llevado a los animales en cuyas vidas nos introducimos? Un perro saludable debe tolerar una llovizna, debe tolerar un cambio de rutina y debe poder solventar esos pequeños problemas. Creo que de hecho, la inmensa mayoría de ellos pueden hacerlo, somos los humanos quienes no podemos asimilar fácilmente que nos necesitan un poco menos y sobre todo que, en caso de necesitarnos, puede no ser en la forma en la que nos damos a ellos.

He conocido muchos más casos significativos, incluso más sangrantes, pero no pretendo regodearme en ellos, entre otras cosas porque me importa más la reflexión o el mea culpa que quedarnos en la superficialidad de la anécdota vistosa.

Es verdad que hacemos mucha falta muchos humanos para achicar en este naufragio de abandonos y maltratos, pero como en toda catástrofe, la racionalidad debe guiar al corazón. No podemos permitirnos errores que conduzcan a pequeños o grandes sufrimientos. No podemos hacer de estas pobres bestias un elemento de autoayuda encubierta y, la verdad, es que lo hacemos con excesiva frecuencia.






martes, 1 de octubre de 2013

LA VARA DE MEDIR

Un perro cabalga calle adelante disfrazado de Bob Marley  o más bien de un remedo grotesco. Una camisa envolviéndole el lomo, gafas de sol sobre el hocico y un pelucón de rastas bajo una gorra con los colores del arco iris. Bajo la imagen, decenas de comentarios risueños o complacientes entre los que abundan los de personas que acaban de denostar públicamente los zoológicos o que  comparten anuncios de adopción de gatos, conejos, hurones u otros animales abandonados.

La vara de medir el animalismo puede ser así de confusa, así de incoherente. Es posible encontrar a tantas personas convencidas de su amor por los animales como personas capaces de tratar irrespetuosamente un animal sin ser conscientes de ello. Este es uno de los mayores problemas de una actitud que batalla a menudo por causas  justas, pero donde la superficialidad acaba arruinando demasiadas veces los resultados.

Después de todo ¿Qué es el respeto? El diccionario lo define como veneración, acatamiento, consideración, miramiento, deferencia… La inmensa mayoría de los que se dicen  animalistas entienden que están aplicando todo eso y mucho más cuando se relacionan con los animales, pero ¿De verdad es considerado burlar o deteriorar la identidad de un ser vivo como espécimen? ¿De verdad hay deferencia en hacer que un animal se supedite a nuestras necesidades más peregrinas?

No es inususal que alguien que ha denostado a un comedor de filetes pueda  vestir a su cacatúa con un disfraz de Halloween o se retuerza de la risa viendo en un vídeo de youtube cómo un chimpancé monta en un triciclo ¿Cuál es el rasero por el que una necesidad tan inmediata y evidente como comer deviene en maltrato y el uso de un animal como objeto de mofa no lo es?

Podemos convenir en que hay grados y grados, pero si una cosa está clara es que de todas las posibles necesidades humanas que se cubren usando a los animales,  la humanización de sus vidas es la más prescindible.Ahora bien, la mayoría de nosotros, que afirmamos amarlos, hacemos un uso egoísta de ellos, a veces incluso para afirmarnos frente a otros animalistas como más y mejores porque sustentamos tal o cual práctica.

Perdonenme ustedes la tontería, pero entre el niño suburbial que se come con fruicción el bocadillo de chopped y la señorita Hilton o sus amigas comprándole collares de diamantes a su caniche, me quedo con el primero. Y si tengo que apalear a un paisano para demostrar mis convicciones, pues va a ser que no, me disculparán la deserción. 

No sería mala cosa que de vez en cuando, entre fotito de denuncia y manifestación X hiciéramos una autoevaluación concienzuda. Incluso sería todo un detalle de auténtico respeto y defensa de valores el que empezáramos a ejercitar el sentido común y el respeto, sí, por ese animal tan maltratado por nosotros mismos que es el ser humano. Sólo de esa forma seremos capaces de hacer nuestras causas más creíbles, nuestras batallas más eficaces, nuestros resultados más duraderos.

lunes, 1 de julio de 2013

De dominancias, jerarquías y otras reflexiones

Tengo la impresión de que a veces el lenguaje, en lugar de comunicarnos, nos aleja  de la información,  porque sin saberlo, lo empleamos inapropiadamente . Un ejemplo sencillo es el uso de los términos dominancia y jerarquía y todos los planteamientos que de su comprensión derivan cuando tratamos de la tenencia de animales.

Jerarquía es gradación, ordenación en niveles. Nadie puede negar que exista orden en los grupos. Puede ser un orden duradero, cuasi permanente o un orden ocasional, surgido de una circunstancia y que puede modificarse en otro momento posterior. Muchos humanos imaginan que cualquier grupo animal dispone de una jerarquía precisa y duradera, pero esto no siempre es así, o en el mejor de los casos, no lo es en la forma en que el humano suele comprender hoy por hoy.

Dominancia es prevalencia, superioridad en la influencia de un individuo frente a otros y no necesariamente ha de ser por físico ni por violencia; esto último entraría más en el término dominación, que se parece mucho pero que no es lo mismo. Un individuo domina en un grupo cuando es su modelo, su patrón, existe incluso la dominancia genética, por ejemplo, que es  la manifestación en el fenotipo de ese rasgo frente a otro que no desaparece pero que  deja de apreciarse a simple vista.

Los humanos cuando poseemos materialmente otros seres vivos (Es decir, cuando somos sus propietarios legales) tendemos a confundirnos, a desear consciente o inconscientemente la dominación, el sometimiento del otro ser. Que sea una prolongación de aquella parte de nuestro yo que no podríamos ejercer si lo dejáramos conducirse a su manera. En esa línea, y entendido desde el punto de vista del humano, claro está, funcionan los métodos al uso. Haz esto para que tu perro (o tu conejo, o tu loro,o tu garrapata) haga aquello. Pero si nos limitamos a buscar la técnica para la dominación, cualquiera que sea el nombre usado, siempre estaremos en el disparadero, siempre en el riesgo de que el dominado se rebele o de que se trastorne hasta quedar inútil como objeto de manipulación ,y lo que es peor, como espécimen. Porque lo que generalmente sucede es o bien que esos rasgos que hemos intentado adecuar, tan solo se hayan enmascarado y se mantengan ocultos a nuestra primera impresión, pero pugnando contra el resultado que nos complacía o bien que su verdadera desaparición lleve aparejada una cadena de otros sucesos colaterales que interfieren en la conducta normal del ejemplar.

¿Cuántos especímenes deberá destruir cada propietario antes de asumir que el camino de la dominación no es el adecuado? Temo que todavía muchos, siempre demasiados.