domingo, 11 de julio de 2021

Autorretrato sin chuletón ni ensalada.

      Mucho de lo que cuento en esta entrada de hoy ha estado en mis intenciones durante meses. Uno de esos textos que hago, desecho, rehago y coloco en la carpeta de pendientes con la duda de si sirve para algo más que un desahogo individual (aunque todo el blog resulta ser principalmente eso, me gusta creer que contribuye a que alguien más se plantee reflexiones sobre un asunto).

     Hace un par de días, tras ver, con mezcla de estupor y enfado, el vídeo del señor ministro de consumo e, inmediatamente después (tal como la visión me había hecho prever) el lamentable espectáculo de pronunciamientos carpetovetónicos tanto a favor como en contra, decidí completarlo y subirlo en lugar de mi oportuna foto de chuletón o de ensalada. 

     La cuestión base es que al ministro le preocupa el excesivo consumo de carne en España y sus consecuencias para la salud y para el medio ambiente. Así contado parece interesante, pero ay de una si  intenta encontrar consistencia en el mensaje.  Se ofrece un muestrario de datos poco o nada objetivos que más parecen sacados de un artículo del "Readers digest", de "El País Estilo" o, todo lo más, de un "Muy interesante y, claro, para pasar una mañana de playa pueden ser lecturas que motiven, pero para apoyar una declaración pública e institucional, me preocupan.

Voy a empezar explicando que encuentro la mayoría de dietas occidentales actuales más que delirantes y que, para abastecer esos delirios, se recurre a no menos delirantes sistemas de producción que, un buen día, acabarán resultando inasumibles. En ese sentido, algo de razón puede tener el señor Garzón. 

Llevo demasiados años trabajando en asuntos de medio ambiente, agronomía y nutrición animal como para no haber leído y escuchado ya sobre lo bueno y excelente de un alimento y lo pernicioso de otro para, tiempo después, leer y escuchar prácticamente lo contrario, casi siempre ambas olas basadas en decires.  No menos conocido de largo el tema de las flatulencias vacunas...

Que las vacas, como rumiantes, expelen gases por su digestión, lo sabe cualquiera que tenga que tratar con ellas. Les sucede también a los búfalos, a los bisontes, incluso a otros herbívoros no rumiantes, como los gorilas ¡y no nos excluyamos los humanos cuando tomamos ciertas cosas!. Que si las vacas además son alimentadas con preparados no herbáceos ese proceso se intensifica, también debería saberse, al menos por los profesionales de la cosa bovina. Ello es precisamente por suministrar formatos más concentrados y menos propicios al funcionamiento de su aparato digestivo, pero no importa a quienes así planifican su crianza, porque no se busca ni la longevidad, ni la calidad de vida, sino la producción lo más rápida posible del producto final, la carne. Así pues, este proceso no es absolutamente ineludible. Volver a una alimentación y gestión menos intensiva evitaría una parte de esa “gasificación” ¿Qué tal intervenir pues en las normas que regulan la producción? Igual va a suceder que eso es más complicado, porque nos enfrentaríamos a grandes corporaciones no solo locales y de eso, por ahora, no va la gobernanza. Vaya.

Otro apunte, recuerdo que en mis muy alejados tiempos universitarios se investigaba ya en el autoaprovechamiento de buena parte del metano producido por parte de las propias granjas ¿Qué tal potenciar instalaciones energéticamente autosotenidas? ¡Ah, no! que tampoco va de eso, que también se pisan callos. Que el asunto del ahorro energético tenemos que afrontarlo también los consumidores, oiga. Bueno, pues sigamos insistiendo en lo superficial, las vacas son muy pedorras, sepámoslo y además, enterémonos de que se gasta también mucho agua para ellas.

¿En qué exactamente se gasta tanto agua para el ganado? ¿Tanto bebe un bicho? Pues resulta que muy buena parte va destinada, por ejemplo, a la producción de la soja con la que luego se harán los piensos... Espere, espere un poco ¿No era soja una de esas cosas que yo debería comer para dejar de recurrir a la carne? ¿Le importará al planeta quién se come la soja? ¿Cuántas hectáreas de ese cultivo podrían reducirse realmente si todos los que comemos vacas empezáramos a comer soja en cantidades equivalentes? Igual es que también yo rumio demasiado.

No pensaré tampoco en los daños ecológicos que puedan plantear trasvases, sobreexplotación de acuíferos y otras acciones que mantengan activas pretendidas huertas y falsos humedales y que no desaparecerían, mucho menos aún, en el riego de los altísimamente necesarios campos de golf que llenan nuestras geografías turísticas. Los golfistas no son vacas ni producen flatulencias de consideración, que se sepa.

Y hablemos de otras sostenibilidades; cada cultivo depende de un tipo de suelo, de su composición y contenidos, de su esponjosidad, de su capacidad de encharcamiento, de la climatología de la zona, de la pendiente del terreno y de otras varias decenas de cuestiones. No se puede cultivar cualquier cosa en cualquier sitio si el cultivo debe ser económica y ecológicamente viable. Pero si vivimos globalizados y todos comemos de todo, los productos vegetales que no puedan generarse en un territorio, deberán ser transportados con lo que el uso de combustibles y por ende la huella de carbono, van a menguar menos drásticamente de lo que se está necesitando ya...Vale, entonces volvemos al consumo de proximidad, pero ¿A qué estamos llamando exactamente así? ¿A vegetales no autóctonos que ya hemos conseguido cultivar aquí mediante invernaderos, fertilizantes y riegos? No bromeo, he visto al mismo ministro que nos avisa sobre el asunto carnes, sugerir en su lista de alimentos de temporada los aguacates. Algo no cuadra.

Recurrir a las legumbres era modelo de sobra conocido por nuestros antepasados, pero, no en vano, sus platos “de cuchara” no se limitaban al aporte vegetal, sino que incluían derivados animales. Muchos lo hacían por intuición o por tradición familiar, pero la realidad es que ese toque era el que hace “completa” la receta, vaya. 

Los bioquímicos y los nutricionistas os podrán explicar que no se trata solo de proteína, se trata de qué calidad de proteína ingerimos (qué aminoácidos la componen). No en vano, también es proteína un buen porcentaje de nuestras uñas de los pies, pero ningún especialista sugiere comérnoslas como alternativa a nada. Las legumbres típicamente ibéricas pueden ser deficitarias en algunos de los aminoácidos esenciales, como lo son otras leguminosas de uso tradicional en Asia o en Africa (Son abundantes los sesudos estudios de la FAO para llegar a propuestas nutricionales y de cultivo que contribuyan a saciar hambres y mejorar condiciones de países menos favorecidos). Por cierto y perdóneseme la tontería ¿Le sugerirían a un watusi, a un inuit o a un pastor mongol que redujera el consumo de proteína animal? ¿Es que no son humanos o es que no nos importa su salud?

Además de proteína, las carnes son suministro de vitaminas y minerales imprescindibles, algunos de los cuales, está comprobado, se asimilan mejor cuando son de origen animal (veanse, por citar algún ejemplo, las publicaciones de The global diabetes comunity of UK) y cuya carencia en quienes practican dietas mal compensadas da lugar a notables problemas de salud. En el caso de veganos estrictos, por ejemplo, no es infrecuente que tengan que recurrir a suplementos (mejor no nos preguntemos de dónde y cómo son elaborados para no seguir pellizcando a nadie). 

En lo biológico, mal que pueda pesar a algunos, el humano es un primate omnívoro. Nos lo cuenta cada milímetro de su organismo, desde la dentadura al tubo digestivo (por extensión, por número de cavidades, por tipo de glándulas y sus secreciones...) Ningún acto de voluntarismo ético puede cambiar la fisiología y la anatomía que llevan siglos de evolución a cuestas, tampoco un arrebato político puede convertir en carnívoros estrictos a estos mismos primates. Seamos más serios que todo esto, a pesar de Twitter e Instagram

Volviendo atrás, en cuanto a carnes rojas y blancas -clasificación algo peregrina que tiene mucho de componente visual y gastronómico- podemos decir que las carnes rojas lo son especialmente por su mayor contenido en mioglobina, una proteína pigmentada que está ligada al mayor ejercicio del músculo en cuestión, es decir, que habrá más cuando el animal se mueva que en una gestión sedentaria (de ahí que los ingeniosos productores de cerdos estabulados nos puedan colar publicitariamente su carne como carne blanca y de ahí que las aves de caza o las de crianza campera tengan carnes más coloridas)... Entonces ¿Es mejor o peor la roja? ¡Uy qué lío!

Pienso que lo preocupante de todo este tema no es que al señor Garzón le inquiete el alto consumo de carnes en España -consumo que, como muchas otras cosas, se ha venido acrecentando desde que somos globales, modernos y bienestantes, o dicho de otro modo, desde que proliferan por doquier los “Burger king” Los McDonalds, los Kentucky, los Fosters Hollywood y demás franquicias; es decir, desde que la dieta mediterránea dejo de consistir en comer lo que se puede cuando se puede y la gota dejó de ser enfermedad de reyes- ¿Sabe, señor ministro? en este su país, sigue habiendo personas que NO PUEDEN permitirse mirar la procedencia y el modo en que han sido criados los productos que llevan a la mesa; a veces, ni siquiera pueden mirar la fecha de consumo preferente, tienen que limitarse a ver que les llega para pagarlo, incluso que no pueden ponerles a sus hijos una pieza en fresco, sino algún procesado que incluya recortes de la denostada carne pero esté de rebajas en el mercado.

No, no me parece mal que el ministro de consumo esté preocupado por todo esto, me parece indecente que, en lugar de regular muy exhaustiva y pormenorizadamente cómo, dónde y por qué se produce lo que nos llevamos al plato, qué tipo de franquicias se autorizan en nuestros pueblos y ciudades o qué se cocina en las cocinas de escuelas y hospitales, se lance como al despiste un vídeo veraniego para, según su decir, “suscitar un debate”. Debate que, de ser cierto todo cuanto se asevera en su vídeo, no debería plantearse, pues sería cosa de tomar ya todas las medidas y, de ser incierto, sugerido por terceros y cuartos interesados en ni se sabe qué (O lo sé pero prefiero no pensarlo) debería limitarlo a sus tertulias con amiguetes y dedicar la “ministranza” a los muchos y muy urgentes asuntos que tenemos pendientes, como en efecto lo es el cambio climático, pero con seriedad, con consistencia, con decisión y con valentía. Ser ministro va de pisar callos, pero no siempre los de quien ni puede cambiarse de calzado.


lunes, 17 de mayo de 2021

Conmigo no contéis, gracias

No me sumaré a esta falacia. Seguro que también yo caigo en mis incoherencias, pero no en esta. No me veréis haciendo campaña con el “Criar es conservar” al que muchos amigos bien intencionados me invitan. NO. El orden de las palabras importa ¡Y mucho! Criar no es conservar. Criar es reproducir para un fin, a veces excelente, otras peor que pernicioso. 

Cuento entre mis amigos más queridos a muchos criadores y es precisamente por ello que me importa la diferencia. El gobierno actual, en aras de un bien que a fecha de hoy desconozco cuál es, ha puesto su foco entre otras varias cosas en criaderos y criadores; temo que porque también a ellos les ha impactado la bien orquestada campaña de un sector de quienes se llaman a sí mismos animalistas y que saben de fauna lo que yo de fútbol. Razonablemente preocupados, los criadores contraatacan, pero lo hacen utilizando un eslogan resultón y falso que tira por tierra las buenas intenciones.

Es cierto que la conservación de numerosas especies necesita de su reproducción en cautiverio y es más que encomiable el esfuerzo de algunos criadores particulares por estudiar, cuidar, perfeccionar sus técnicas y apoyar a la causa de la conservación. Pero repito una vez más, CRIAR NO ES CONSERVAR. Hay demasiados especímenes malviviendo en cerrados que espantan a cualquier criador mínimamente ético, hay demasiadas gentes jugando a diosecillos como para que el estribillo no me escueza no ya en los ojos, sino incluso en el alma cuando lo leo. No, no me pidáis firmas para él. No estoy.

Conservar requiere, por cómo lo hemos hecho los humanos hasta hoy, de la custodia en cautiverio de algunos especímenes hasta la restauración de un hábitat mínimamente propicio. No basta soltarlo todo y ya. Sé que un sector de pretendidos animalistas, que además están contra zoos, acuarios y cuantos modos de cautiverio se planteen, odiarán este enfoque, los puedo entender, pero solo hasta un límite, el del realismo. A día de hoy, solo es viable una preservación de especies en espacios controlados y, en la medida de lo posible, autofinanciados. Ello conlleva, es cierto, un punto de lucro que a mí misma desagrada, pero es la única vía para hacerlo hoy y no podemos esperar a los cambios de las leyes. Hay que estar actuando ya, en paralelo. Cuando una empresa decide destinar una porción de sus ingresos a reconstruir y reintroducir, ya está haciendo más que decenas de vociferantes antizoos. NO pretendo que sea el modelo a largo plazo, pero intento no equivocar el foco. Las generalizaciones son malas, porque dan argumentos a los tramposos. Ni todos los zoos son iguales, ni lo son todos los santuarios y centros de supuesto rescate, ni lo son todas las organizaciones animalistas. Tampoco lo son todos los criadores.

Cuando me cuentan que criar es conservar, me acuerdo de las decenas de hibridaciones no fortuitas, del empecinamiento en consolidar mutaciones debilitadas,  de los “juntabichos” que se limitan a aparcar en un recinto ejemplares de diferente sexo, de cuantos están locos por sacarse de encima a las crías para volver a juntar los parentales sin tomar en cuenta que la crianza debería implicar no solo nacimientos, sino generación de individuos mental y físicamente completos y capaces...

Conservar puede ser, entre otras cosas, criar. Sin duda, si invertimos el orden de las palabras, mentimos.



jueves, 6 de febrero de 2020

Ecología vs egología



Me llegó justo en el día de San Antón  la noticia de que el nuevo gobierno ha creado la Dirección General de Protección Animal.  Envíaba el enlace una amiga con la siempre temible pregunta "¿Tú qué piensas?".

Aún quince días más tarde, no sé lo que pensar, la verdad. Para comenzar, me consta que en el acuerdo de gobierno figuraban asuntos medioambientales y sobre bienestar animal que pueden haber dado lugar a la creación del cargo. Del mismo modo que no fui capaz de ilusionarme al leer aquel acuerdo, me cuesta hacerlo ante algo que me suena más a florero tapabocas que a ente coordinador entre al menos CUATRO ministerios. Lo explico: Para comenzar, un Director General NO es el superior de un ministro, menos aún podría serlo de cuatro, para continuar, muchas de las competencias que objetivamente podría tener un organismo con este nombre se encuentran transferidas a las diferentes Comunidades Autónomas que, como bien sabemos y padecemos, tienen gobernanzas más que diferentes en materia de fauna.
Que nos digan  que "trabajarán de manera leal y cercana" -que no sé yo si lo de leal me suena más bien perruno y en el peor sentido del adjetivo- solo acentúa mi escepticismo.
Sí que parece que, como incluía P´s en su programa, pretenden tocar el asunto del IVA veterinario o armonizar la normativa de protección animal con el convenio europeo correspondiente. Parece también que se pretende unificar los registros de modo que un animal marcado en un punto del país pueda ser localizado en cualquier otro, cosa que, como bien saben muchos para su desgracia, no sucede hoy. (Si pierdes un perro microchipado en Xátiva y aparece en Navarra, es posible que no lleguen a localizarte,  ni tú a enterarte del hallazgo. Con un poco de suerte, tras el oportuno periplo por protectoras, el perro sería acogido por alguien que lo querrá tanto como tú y que  pasará sus días imaginando que lo abandonaste y que menos mal que él apareció en su vida para darle una segunda oportunidad. Sin suerte, ni lo comentamos). Ambas medidas resultan interesantes, en efecto, pero no sé si justifican crear una Dirección General al efecto. Más dudas aún de quien será el Director General.

Leo también oportunas alusiones al maltrato y me reitero en mis dudas. No es el cargo, sino la aplicación de las normas lo que puede seguir fallando. He visto con mis propios ojos como se han pretendido aplicar decisiones de razonable calado con tan nula dotación de medios y tan inexistente capacitación de los agentes encargados que se causaba daño mayor a los especímenes pretendidamente protegidos. He visto como ejemplares que deberían decomisarse a sus tenedores, les eran por contra dejados en depósito por la inexistencia de otro lugar al que llevarlos (Puede imaginarse qué trato les aguardaba entonces), también ejemplares retirados a sus propietarios por una supuesta vulneración de normas en base a opiniones delirantes, nada basadas en el conocimiento científico y sí mucho (muchísimo) en ocurrencias antropomorfizantes de alguien con buenos contactos...

Así que sí, sé que urge hacer mucho y muy pronto para mejorar nuestra relación con la fauna y con el resto de seres vivos que nos rodean, pero vistas experiencias como la no muy lejana del zoológico de Barcelona (Ya en manos de pretendidos regeneradores de la cosa) o las variadas ocurrencias en la Comunidad de Madrid, se me abran las carnes al leer que la persona llamada a  ocupar la plaza pertenece al sector A-NI-MA-LIS-TA.
Alguno puede imaginar que mi reticencia (por ahora trato de no llegarme a la categoría de rechazo) se debe a que no es un científico, alguien de esta cuerda, pero se equivocaría quien así lo viera. Alguien que, con sus luces y sombras, hizo tantísimo por la fauna de nuestro país como Felix Rodríguez de la Fuente, era estomatólogo, pero supo como nadie llegar al gran público y hacer trabajar juntos a muchos excelentes naturalistas de nuestro país; la muy reputada Jane Goodall era en sus inicios una secretaria sin estudios y así podría nombrar a varios otros. Mi temor no es la profesión que figura en un currículum, sino el modo en que se encara el problema.
No partimos de una situación halagüeña, pero ordenar las tareas y no dar pasos en falso es la necesidad principal. Nuestros animales y todos nosotros necesitamos una labor concienzuda, pero sobre todo perdurable y coherente. Los enfrentamientos descarnados pueden alimentarnos el ego a los ya convencidos, pero no es eso lo que más necesitamos. Tampoco las medidas espectaculares pero sin cimientos.Necesitamos radicalidad de la de ir a las raíces, no de extremismo irracional; necesitamos crear escuela, sustento poblacional, convicciones, solo de ese modo, las piezas que pudieran moverse hoy no serán repuestas en la siguiente legislatura ni bloqueadas por el localismo provinciano.

A muchos les sorprenderá saber (y me temo que incluso a algún cercano a la nueva Dirección General) cuanta normativa bienintencionada existe ya (además de lo que deba implementarse) y cuan torticeramente se retuerce. No es solo por falta de castigos, es por imposibilidad de aplicarlos de modo eficiente, lo es mucho más porque no se denuncia o porque se considera dañino solo lo que sangra o huele, pero no lo que resulta coqueto en instagram, lo es porque ni se comprende ni se quiere conocer en profundidad un asunto que no tiene siempre tintes disneyanos y que pocas veces tiene soluciones rápidas y cortas. Cuando en una materia se aúnan tan estrechamente la ciencia y la ética, los atajos dan pésimos resultados.

Podría escribir muchísimo más, con más detalle y más descarnadamente, pero como no estoy segura de que no se me vaya a leer dentro del horario infantil, me limitaré por ahora a decir que ójala me equivoque y en un par de semanas me veais haciéndole una hola tipo tsunami al señor García Torres. Por ahora, solo puedo esperar, mientras procuro no maltratar conscientemente a cuantos se desenvuelven a mi alrededor y me empeño en mejorar mi conocimiento sobre sus necesidades, LAS DE ELLOS.

NOTA: La segunda palabra del título seguramente no existe, pero el movimiento al que nombra está más que extendido.